Draco et Umbra
Erase una vez el dragón más solitario del mundo.
De un imponente color rojizo, cuerpo sólido, garras poderosas, magia
desconocida, un conocimiento basto y con dientes filosos que, aunados a su
fiereza en el ataque, eran lo que lo hacían el temor de los lugareños. Podríamos
atrevernos a afirmar, ipso facto, que
esa era la razón por la cual solía estar solo.
Pero no.
Apreciaba su soledad, su independencia. Sin afán de ser parte de la
historia de nadie daba largos paseos a través de los azúleos cielos del valle.
Apartado de todos, estudiaba incansablemente con la sola intención de responder
una pregunta.
¿Cuál es el propósito
de mi existencia?
Un día, repentinamente, empezaron a caerse sus escamas.
Un proceso natural de
mi engrandecimiento.
Los lugareños empezaron a seguir la pista del dragón sin proponérselo,
siendo guiados por los restos de sus escamas, que caían de él a la hora del
vuelo. Tenían opiniones y sentimientos encontrados hacia el dragón. Había
quienes tenían curiosidad, otros temor y, los más ancianos, respeto.
Evidentemente, todos los niños del pueblo morían por, aunque fuese una sola
vez, dar un paseo sobre el lomo de un ser tan majestuoso.
Sin embargo, nadie se atrevió en acortar su distancia.
Tres meses después, sus escamas seguían cayendo.
Es parte del proceso.
Paciencia.
Sin embargo, había un atisbo de duda en su corazón.
Sus escamas caían de manera intermitente. Había días en los que creía
que el proceso se había completado. Al amanecer, las escamas caían nuevamente.
En conjunto o unas cuantas, era la transformación más irregular que había
vivido. Sin embargo, su intuición y su sabiduría adquirida le aconsejaban lo
mismo.
Paciencia.
Un día ocurrió.
En uno de sus habituales vuelos diurnos planeó desde su cueva, a
diecisiete kilómetros del pueblo, hacia la muralla que lo rodeaba. Trazó un
círculo perfecto y ascendió rápidamente hacia los cielos. Se dirigió a la
laguna que se encontraba al noroeste del valle. Al llegar se detuvo en seco.
Aterrizó de golpe, con gran estruendo, estremeciendo la tierra. Incluso pudo
escuchar algunos gritos aislados junto con exclamaciones de sorpresa y temor
que provenían del pueblo.
Había visto su reflejo. Por un momento, se creó atacado por un igual,
siendo que en el transcurso de su vida jamás había visto a uno como él. Tardó
en caer en cuenta que la imagen que veía era de sí mismo.
Esto no es posible.
Su sorpresa era que el color de su cuerpo ahora era de un apagado
color marrón.
¿Cómo a un ser tan magnífico como él podía alterarle una situación tan
simple?
¿Cómo este simple problema con sus escamas había culminado en esto?
¿Este soy yo?
Sin perder tiempo, voló velozmente hacia su cueva para encontrar una
respuesta.
Durante día devoró libros, pergaminos, cuadernos e incluso textos
prohibidos que contenían los secretos de una magia poderosísima y antigua.
Consultó con las dríadas y los centauros, junto con los gnomos incansables del
Reino de la Tierra, las ondinas
acuáticas, entre los pegasos guardianes del Reino del Aire visitó a las
hermosas y sabias hadas, así como a los elfos inmortales. Habló con su propio
rey. Lo único que quería saber era…
¿Por qué?
Nadie pudo darle una respuesta.
Se despidió del pueblo, de todo
lo conocido. De lo vulgarmente conocido como “hogar”, pese a que no era como
que alguien fuera realmente a extrañarle, salvo por algún niño, en sus sueños
de cuna. Incluso, antes de partir, los lugareños ya se preguntaban qué había
sido de aquel bello dragón. Desde el cambio de su color, pasaba suavemente
desapercibido, confundiéndose con la misma tierra.
Se dirigió al sur, al extremo de la tierra que conocía hacia su
Tártaro tan anhelado. No concebía otro lugar donde pudiese encontrar un poco de
tranquilidad. Necesitaba responder a la pregunta que había conservado en su
mente durante toda su vida.
En su Tártaro nada más encontró el viento helado y la dura tierra. Sin
nada. Sin nadie.
Dado que su hambre de curiosidad debía ser saciada, exploró durante
días cada rincón del lugar.
En el crepúsculo del noveno día llegó a una cueva situada en el
corazón de esa tierra, escondida para el ojo perezoso o presuroso. Lo primero
que llamó su atención fue la titilante luz que se veía desde el exterior.
Desafiante, respiró hondo y entró. El recinto era tan alto que doblaba
su propia altura. Cómodamente, habría podido planear brevemente, hacer un
reconocimiento del sitio y salí de ahí. No obstante, optó por continuar
caminando, lentamente, como si la gracia estuviera acompañándolo, traviesa,
escondida en su sitio y rebosante de felicidad ante su llegada.
¿Qué es lo que hay
aquí?
Justo cuando llegaba al fondo de la cueva, pensó en abandonar y
regresar al simplón agujero donde se había acostumbrado a descansar después de
sus expediciones. Así, simplemente.
Fue entonces cuando un resplandor cegador inundó el lugar.
Se acercó, desesperado y ansioso hacia el origen de aquella luz,
encontrando un cuerpo cristalino de agua.
Se sintió incluso burlado. Fue su sed de respuestas lo que lo mantuvo
ahí pese al temblor que recorría su fornido cuerpo, y la expectación. Entonces,
una andrógina voz retumbó por todo el lugar.
Sea lo que sea,
transfórmate.
¿Transfórmate? ¿Por qué?
¿Cuál era su interés en ver su forma humana?
¿Qué era esta extraña energía que, pese a ser desconocida, lo embargaba hasta la médula y lo mantenía
ahí, sin explicación?
Quería respuestas.
Así que no tuvo elección.
Su forma humana era sumamente atractiva. Un hombre alto, de piel
blanca, cabello oscuro y ojos verdes como el jade. Contempló su cuerpo desnudo
en el espejo de agua. Con voz potente, exclamó.
Exijo una respuesta.
Eres como cada uno de
tus hermanos.
Acto seguido, la imagen de cientos de dragones volando en el cielo
reemplazó el reflejo de su desnudez. Atónito, se arrodilló y acercó su rostro.
Todos ellos han
existido desde el inicio de los tiempos. Imponentes como el color del fuego.
Sabios, orgullosos y bravíos.
Lo has sabido desde el
día de tu nacimiento. ¿Por qué has dudado?
¿Porque desde un principio he estado solo?
¿Qué es lo que te ha
hecho creer que por no ver, no está ahí?
Siempre había hecho caso a lo que le dictaba su intuición y no había
tenido muchos problemas gracias a ello. ¿Por qué habría de ser de otro modo? En
medio de tantas letras consultadas y aprendidas, se recomendaba la intuición
incluso como el conocimiento nato más fiel que podía poseer cualquier ser en el
mundo.
¿Qué es lo que aún no
has podido ver, y por ende, saber?
¿Y que tenía que ver todo eso con ese repentino cambio cromático?
¿Qué nadie o nada iba a explicarle que había pasado ahí?
Gritó con todas sus fuerzas, cansado.
Sin perder su quietud, la fuente dijo una sola cosa más.
No importa que seas
diferente.
Es lo vital lo que aún
no has logrado comprender.
¿Lo vital? Menuda respuestilla. Lo dejaba al inicio del camino desde
que fue consciente de qué era lo que
quería hacer…Todas esos días y noches de estudio…Todas esas horas de
vuelo…Todos esos paseos por el lago, observándose, fijamente. Único e
irrepetible. Así era como se consideraba.
¿Lo era? ¿Era…único?
¿Irrepetible? ¿Habiendo cientos como él? Se había atrevido a ser muy
ingenuo, sí. ¿Habría quien equiparara su sabiduría, además de su Rey? ¿Tendría…parientes?
¿Amigos? ¿Dónde estaban? ¿Quién era él?
Su corazón se nubló cuando un día se pensó en su soledad.
Al día siguiente, empezaron a caerse sus escamas.
Su corazón volvió a nublarse cuando otro día pensó en que era único en
el mundo.
Al día siguiente, el color de su piel cambió.
Cada vez que pensaba en el cambio, había uno en su exterior.
Todo cambia.
La paradoja de la comprensión de su propia existencia.
¿Acaso se puede tener una respuesta?
¡¿Acaso puede?!
Gritó, una última vez.
Un resplandor cegador inundó sus pupilas, iluminando el resto del
recinto.
Por fin.
Sin saber
cómo ni en qué momento dejó de gritar, se encontró de pie a la salida de la
cueva, en su forma de dragón.
La
diferencia era que su cuerpo había regresado a ese rojo profundo y brillante
que poseía.
El motivo de su búsqueda quedaba claro y la única pregunta que se había
formulado al fin había sido respondida. Derramando una lágrima, dobló sus patas
traseras, seguido de las delanteras, y se acomodó en la húmeda tierra que ahora
se le antojaba el sitio más cálido que pudiese existir.
Tenía el
corazón más resplandeciente de todos.
Feliz cumpleaños Alejandro <3 b="">
Mi amigo, mi hermano, mi maestro
Gorda mía :D