*Querido lector, para su comodidad, sírvase de cambiar el tamaño de la letra*

lunes, 26 de agosto de 2013

Draco et Umbra





Draco et Umbra






Erase una vez el dragón más solitario del mundo.

De un imponente color rojizo, cuerpo sólido, garras poderosas, magia desconocida, un conocimiento basto y con dientes filosos que, aunados a su fiereza en el ataque, eran lo que lo hacían el temor de los lugareños. Podríamos atrevernos a afirmar, ipso facto, que esa era la razón por la cual solía estar solo.

Pero no.

Apreciaba su soledad, su independencia. Sin afán de ser parte de la historia de nadie daba largos paseos a través de los azúleos cielos del valle. Apartado de todos, estudiaba incansablemente con la sola intención de responder una pregunta.


¿Cuál es el propósito de mi existencia?


Un día, repentinamente, empezaron a caerse sus escamas.


Un proceso natural de mi engrandecimiento.


Los lugareños empezaron a seguir la pista del dragón sin proponérselo, siendo guiados por los restos de sus escamas, que caían de él a la hora del vuelo. Tenían opiniones y sentimientos encontrados hacia el dragón. Había quienes tenían curiosidad, otros temor y, los más ancianos, respeto. Evidentemente, todos los niños del pueblo morían por, aunque fuese una sola vez, dar un paseo sobre el lomo de un ser tan majestuoso.

Sin embargo, nadie se atrevió en acortar su distancia.

Tres meses después, sus escamas seguían cayendo.


Es parte del proceso.
Paciencia.


Sin embargo, había un atisbo de duda en su corazón.

Sus escamas caían de manera intermitente. Había días en los que creía que el proceso se había completado. Al amanecer, las escamas caían nuevamente. En conjunto o unas cuantas, era la transformación más irregular que había vivido. Sin embargo, su intuición y su sabiduría adquirida le aconsejaban lo mismo.


Paciencia.

Un día ocurrió.

En uno de sus habituales vuelos diurnos planeó desde su cueva, a diecisiete kilómetros del pueblo, hacia la muralla que lo rodeaba. Trazó un círculo perfecto y ascendió rápidamente hacia los cielos. Se dirigió a la laguna que se encontraba al noroeste del valle. Al llegar se detuvo en seco. Aterrizó de golpe, con gran estruendo, estremeciendo la tierra. Incluso pudo escuchar algunos gritos aislados junto con exclamaciones de sorpresa y temor que provenían del pueblo.

Había visto su reflejo. Por un momento, se creó atacado por un igual, siendo que en el transcurso de su vida jamás había visto a uno como él. Tardó en caer en cuenta que la imagen que veía era de sí mismo.


Esto no es posible.


Su sorpresa era que el color de su cuerpo ahora era de un apagado color marrón.

¿Cómo a un ser tan magnífico como él podía alterarle una situación tan simple?
¿Cómo este simple problema con sus escamas había culminado en esto?


¿Este soy yo?


Sin perder tiempo, voló velozmente hacia su cueva para encontrar una respuesta.

Durante día devoró libros, pergaminos, cuadernos e incluso textos prohibidos que contenían los secretos de una magia poderosísima y antigua. Consultó con las dríadas y los centauros, junto con los gnomos incansables del Reino de la Tierra,  las ondinas acuáticas, entre los pegasos guardianes del Reino del Aire visitó a las hermosas y sabias hadas, así como a los elfos inmortales. Habló con su propio rey. Lo único que quería saber era…


¿Por qué?


Nadie pudo darle una respuesta.

Se  despidió del pueblo, de todo lo conocido. De lo vulgarmente conocido como “hogar”, pese a que no era como que alguien fuera realmente a extrañarle, salvo por algún niño, en sus sueños de cuna. Incluso, antes de partir, los lugareños ya se preguntaban qué había sido de aquel bello dragón. Desde el cambio de su color, pasaba suavemente desapercibido, confundiéndose con la misma tierra.

Se dirigió al sur, al extremo de la tierra que conocía hacia su Tártaro tan anhelado. No concebía otro lugar donde pudiese encontrar un poco de tranquilidad. Necesitaba responder a la pregunta que había conservado en su mente durante toda su vida.

En su Tártaro nada más encontró el viento helado y la dura tierra. Sin nada. Sin nadie.

Dado que su hambre de curiosidad debía ser saciada, exploró durante días cada rincón del lugar.

En el crepúsculo del noveno día llegó a una cueva situada en el corazón de esa tierra, escondida para el ojo perezoso o presuroso. Lo primero que llamó su atención fue la titilante luz que se veía desde el exterior.

Desafiante, respiró hondo y entró. El recinto era tan alto que doblaba su propia altura. Cómodamente, habría podido planear brevemente, hacer un reconocimiento del sitio y salí de ahí. No obstante, optó por continuar caminando, lentamente, como si la gracia estuviera acompañándolo, traviesa, escondida en su sitio y rebosante de felicidad ante su llegada.


¿Qué es lo que hay aquí?


Justo cuando llegaba al fondo de la cueva, pensó en abandonar y regresar al simplón agujero donde se había acostumbrado a descansar después de sus expediciones. Así, simplemente.

Fue entonces cuando un resplandor cegador inundó el lugar.

Se acercó, desesperado y ansioso hacia el origen de aquella luz, encontrando un cuerpo cristalino de agua.

Se sintió incluso burlado. Fue su sed de respuestas lo que lo mantuvo ahí pese al temblor que recorría su fornido cuerpo, y la expectación. Entonces, una andrógina voz retumbó por todo el lugar.


Sea lo que sea, transfórmate.


¿Transfórmate? ¿Por qué? ¿Cuál era su interés en ver su forma humana?
¿Qué era esta extraña energía que, pese a ser desconocida,  lo embargaba hasta la médula y lo mantenía ahí, sin explicación?

Quería respuestas. Así que no tuvo elección.

Su forma humana era sumamente atractiva. Un hombre alto, de piel blanca, cabello oscuro y ojos verdes como el jade. Contempló su cuerpo desnudo en el espejo de agua. Con voz potente, exclamó.


Exijo una respuesta.

Eres como cada uno de tus hermanos.


Acto seguido, la imagen de cientos de dragones volando en el cielo reemplazó el reflejo de su desnudez. Atónito, se arrodilló y acercó su rostro.


Todos ellos han existido desde el inicio de los tiempos. Imponentes como el color del fuego.
Sabios, orgullosos y bravíos.
Lo has sabido desde el día de tu nacimiento. ¿Por qué has dudado?


¿Porque desde un principio he estado solo?


¿Qué es lo que te ha hecho creer que por no ver, no está ahí?


Siempre había hecho caso a lo que le dictaba su intuición y no había tenido muchos problemas gracias a ello. ¿Por qué habría de ser de otro modo? En medio de tantas letras consultadas y aprendidas, se recomendaba la intuición incluso como el conocimiento nato más fiel que podía poseer cualquier ser en el mundo.


¿Qué es lo que aún no has podido ver, y por ende, saber?


¿Y que tenía que ver todo eso con ese repentino cambio cromático? ¿Qué nadie o nada iba a explicarle que había pasado ahí?

Gritó con todas sus fuerzas, cansado.
Sin perder su quietud, la fuente dijo una sola cosa más.


No importa que seas diferente.
Es lo vital lo que aún no has logrado comprender.


¿Lo vital? Menuda respuestilla. Lo dejaba al inicio del camino desde que fue consciente de qué era lo que quería hacer…Todas esos días y noches de estudio…Todas esas horas de vuelo…Todos esos paseos por el lago, observándose, fijamente. Único e irrepetible. Así era como se consideraba.

¿Lo era? ¿Era…único?

¿Irrepetible? ¿Habiendo cientos como él? Se había atrevido a ser muy ingenuo, sí. ¿Habría quien equiparara su sabiduría, además de su Rey? ¿Tendría…parientes? ¿Amigos? ¿Dónde estaban? ¿Quién era él?

Su corazón se nubló cuando un día se pensó en su soledad.
Al día siguiente, empezaron a caerse sus escamas.

Su corazón volvió a nublarse cuando otro día pensó en que era único en el mundo.
Al día siguiente, el color de su piel cambió.
Cada vez que pensaba en el cambio, había uno en su exterior.


Todo cambia.

La paradoja de la comprensión de su propia existencia.


¿Acaso se puede tener una respuesta?


¡¿Acaso puede?!

Gritó, una última vez.
Un resplandor cegador inundó sus pupilas, iluminando el resto del recinto.

Por fin.
Sin saber cómo ni en qué momento dejó de gritar, se encontró de pie a la salida de la cueva, en su forma de dragón.
La diferencia era que su cuerpo había regresado a ese rojo profundo y brillante que poseía.

El motivo de su búsqueda quedaba claro y la única pregunta que se había formulado al fin había sido respondida. Derramando una lágrima, dobló sus patas traseras, seguido de las delanteras, y se acomodó en la húmeda tierra que ahora se le antojaba el sitio más cálido que pudiese existir.


Tenía el corazón más resplandeciente de todos.



Feliz cumpleaños Alejandro <3 b="">
Mi amigo, mi hermano, mi maestro
Gorda mía :D




lunes, 3 de junio de 2013

Te

De regreso...Especial y por partida doble
El título: "Mano" En japonés.


Te






Cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto, cambiaron todas las preguntas.

Mario Benedetti


Cierto caballero desmemoriado fumaba su cigarrillo, en esta ocasión, como un hombre común y corriente. Delicadamente lo extraía de la cajetilla, le daba golpecitos contra el dorso de su mano, lo colocaba entre sus labios, ladeando la cabeza y encendiéndolo, sintiendo ese calorcito que se extendía por la yema de los dedos a las manos, los brazos y, a veces, hasta lo más profundo del corazón.

Era ahí cuando sentía esa compañía.

Más allá del ruido común de la ciudad, de su reloj en la pared, de ese maldito grifo mal sellado que permite que el agua gotee incesantemente.
Más allá de todo ello, era con ella con quien deseaba, una vez más, ese mutuo encuentro.
Más allá. Quería encontrarla más allá de la brasa en la punta del cigarrillo, del escozor en la nariz, del cuello torcido y la mirada perdida.

Una vez más, ella estaba ahí.
La mujer de humo.

Al gusto del consumidor. Presentada de la forma más agradable y susceptible. Desdibujada, repentina, personalizada. Incluso podía ser masculina. Danzante por toda la habitación. Escurridiza silenciosa. Trepadora por las repisas, por las ventanas. Hermosamente traslúcida. Genuinamente efímera. Rápida o lentamente, decisión de aquel que la exhalaba en el más superficial, ínfimo, ridículo, rasposo o profundo de los suspiros.

Silenciosa y grata compañía.

Él fue suyo. Como siempre lo fue.
Ella fue suya como nunca. Como nadie lo sería.

Por eso adoraba a su mujer de humo. La más fiel, la compañía en estado puro. La más conversadora, la más comprensiva, la más bella, la más inteligente, la más simpática. La más adorada, al más puro estilo de Pigmaliòn y su amada Galatea, que no fue tan amada como la Gala del mismísimo Dalí, con toda su locura y devoción, entre manchas de pintura y su figura desnuda.

Su compañera perfecta. Aparecía y desaparecía a placer cada vez que lo deseara. No había necesidad de palabras bonitas, constantes detalles, una cita por semana. Podía ser tan sutil o con tanto cuerpo con él lo deseara. Tan señorita, inocente, libre, atrevida como tan caballero quisiese ser en esos diez minutos. A su completo antojo.

Real o no, resultaba irrelevante. Ella era una de sus grandes necesidades. 
Tan vital como los latidos de ese solitario corazón, continuamente sediento.

¿Cómo cuestionas si hay cabida a lo imprescindible que resulta esta mujer?
¿Existía algún parámetro digno de considerar?
¿De qué manera desglosas hasta la más mínima expresión de tu mejor obra?

A punto de consumirse aquel cigarrillo, una brasa cayó en el dorso de su mano derecha. Lo quemó, dejando una pequeña marca. El dolor intenso provocado por algo insignificante.

Lo entendió.

¿Acaso era la insoportable superficialidad del capricho?





Feliz no cumpleaños Rulas  (:




Para esa mujer de humo:







domingo, 1 de enero de 2012

Primeros minutos



¿Qué es lo que haces cuando tienes tanta risa contenida detrás de cada uno de tus silencios?

¿Qué es lo que haces cuando llega un momento en que ya no puedes evitar soltar tus palabras en blanco y negro porque tus matices ya están muy descoloridos?

¿Qué haces cuando lo que te queda es sonreír en medio de la noche estrellada, acompañada de murmullos disonantes, resentidos, anhelantes, ambiguos y disociados entre sí?

Te sientas a platicarlo unos minutos con tus letras.
Sonríes recordando que fue lo que te tiene aquí, y que ahora estás de pie para recibirlo, digerirlo y ver el menú de lo que sigue, con la opción de escoger una vía.

Lo que haces es reírte de los absurdos, de los ruidos ajenos, de lo que la gente desea y no busca, o lo que busca y no encuentra.
Sonríes porque ahora lo sabes.
Sabes que ahora eres capaz de apreciar todo esto y un poco más.

Eres capaz de recibir el golpe con una rosa y no con el filo de tu espada.

Sólo sabes que...
Sólo sabes que es una noche hermosa.





Felices lunas a todos ustedes :)

jueves, 29 de diciembre de 2011

Hilaciones Mecánicas


Continúan una vez más los experimentos. Este pequeño texto fue un ejercicio en taller, mientras gravitábamos rotando. Es un "responso", algo que ya había podido leer como parte de un escrito de este mismo blog, titulado P-A-S-I-O-N-I-S-T-A.
En fin, chiquito, pero conciso.
Gracias a quienes leerán.


Hilaciones Mecánicas







El recuerdo viene de la experiencia.

La experiencia viene del hecho.

El hecho viene de la acción.

La acción viene de la voluntad.

La voluntad viene del deseo.

El deseo viene del instinto.

El instinto viene de los genes.

Los genes vienen de la máquina.



El hombre es una máquina perfecta.

Sus ideas también son parte de la producción en cadena.


martes, 27 de diciembre de 2011

Aprovecho también para decirte que está lloviendo

Continuamos con los experimentos. Este fue realizado en el taller literario "Al Gravitar Rotando" (al cual espero regresar en algún momento), teniendo como tema principal la ciudad, formando parte de la exposición "No me destruyas, costumbre", que estuvo montada en la selva donde sesionábamos en septiembre y octubre de este año...Repito la advertencia: NO esperen el estilo acostumbrado, pero sí la esencia acostumbrada.
Gracias nuevamente a los que leerán.



Aprovecho también para decirte que está lloviendo







Una lluvia de ideas cae sobre mi cabeza, tal como la lluvia acidificada citadina, cuyas gotas ven interrumpida su caída en los grandes ventanales del edificio de enfrente.

Al igual que esas gotitas, la visita de las ideas es rápida, dado que ambas se apresuran a perderse debajo de las llantas de algún vehículo, en las alcantarillas, o algunas miedosas, bajo las faldas de una mujer; dándose por perdidas, por “caídas en la lucha”.

Pobrecillas, apachurradas por la velocidad con la que va el hule del deseo de ser el primero, el auténtico y original. ¡Cuidado!, que te advierto que tanta velocidad puede provocar un choque de prioridades, rompiendo todos los cristales que te mantienen “seguro”, y dejarte en manos de alguien bondadoso quien, al contrario de lo que hiciste tú, se tomó su tiempo y todo lo necesario para llegar “seguro” a su destino.

Aunque, bueno, “seguro” es un concepto relativo. Nunca falta quien se pase el alto, por imprudente, que se pase por delante o detrás de ti sin que tú lo veas, te de un rasponcito o un rayón, o mínimo sea portador de tus peyorativos saludos para su progenitora. Todo esto mientras esta lluvia desordenada de ideas perturba el orden lógico-práctico inmediato de tus pensamientos.

Pero, mira, vamos a hacer una cosa. Te conseguí un paraguas, una pluma y hojas de papel. Aprovecho también para decirte que está lloviendo.

¿Qué es lo que quieres hacer?



Colibríes

Hola de nuevo. Un pequeño regreso desde el abandono de este blog hace un poco más de un año y medio.

Los dos textos publicados con fecha de hoy son experimentos. Este fue el resultado de un ratito inmundo de ocio en la universidad.

No esperen el estilo acostumbado, pero sí la esencia acostumbrada.
Gracias a los que leerán.




Colibríes







Los colibríes zumban al lado de mi oído
buscando su alimento matutino,
buscan la miel dulzona que surca mis venas.


Van volando, por aquí y por allá,
saboreando la libertad de cruzar el viento
y perderse entre flores de muchísimos colores.


Traviesas, arriesgadas,
no pueden estarse quietas un solo momento,
ni cuando besan el néctar de los labios
de la mujer lagarto.


Íconos de expresión de la celeridad y color,
de lo que es, al parecer, libre.


De lo libre que anhelas ser.
Del anhelo, del sueño.



lunes, 9 de agosto de 2010

Paréntesis (Tercera Memoria)

Otra de "ésas" memorias nocturnas.
Gracias a quienes leerán, comentarán, y sobretodo, lo disfrutarán...





Paréntesis (Tercera Memoria)








Hora Alfa


-A que no puedes jugar a pretender ser un títere.

-Puedo. Pero no quiero.

-¿Desde cuándo te arrepentiste de tener esos finos y lindos hilos?


-A que no puedes jugar a pretender ser un solitario.

-Quiero. Pero no puedo.

-¿Desde cuándo el ser humano es generoso consigo mismo?


-A que no puedes jugar a confiar en una ilusión.

-Ni quiero ni puedo.

-¿Desde cuando confías en alguien?



Lo he hecho X número de veces. ¿Por qué habría de cambiar ahora?

¿Por qué dejar de lado la envidia que me produce beber de otros espíritus mientras dejo que el mío se consuma a sí mismo?


-Cállate, ¿no te acabo de decir que me castra Ése delicado aspecto de la naturaleza humana.

-¿Qué? ¿Cuál?

-La conveniencia en la inconveniencia de la soledad.

-¿Y las falsas estampas? ¿Las que tú mismo acept…..?

-Cállate.